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¿Qué estás esperando para mejorar tu realidad?

Roberto, el dueño de una PyMe con 18 empleados, está pensando en organizar a su empresa de una vez por todas. Considera que creció mucho desde que inició con este proyecto que ya lleva varios años. Está pensando en que ya es hora de que la empresa funcione sin tanta presencia operativa de él mismo.

Por Daniel Elhelou (@Dani_Elhelou) – Especialista en Coaching Inspirativo, Director de inspirativa.com

A Roberto le gustaría que funcione todo solo, de manera de poder hacer “otras cosas”. Por otro lado, interiormente no se imagina la mínima posibilidad de que alguien realice lo que él hace, con el mismo amor, dedicación, constancia, en definitiva de la misma forma.

Hace unos años este emprendedor creía que liderar su empresa era como estar nadando en una orilla, ya que sentía la seguridad de que podía volver a tierra firme cuando el mismo se lo proponía.  Ahora, ya no. Ahora está muy lejos de la costa, adentrado en el mar y tiene que timonear un barco que no puede retornar a la orilla. Tampoco puede escapar del barco y dejarlo hundir… por su gente, por sus clientes y por él mismo.

Por otra parte, Roberto considera que hay muchas personas que comenzaron con mucha fuerza pero que ahora ya han perdido el compromiso y la motivación, que ya no tienen más ganas de seguir, y que si bien confía en sus propias competencias, considera evidente el poco involucramiento que están teniendo con los asuntos de la empresa. Realmente no puede imaginar delegarles el total liderazgo de la PyMe, incluso preferiría que se vayan.  Es cierto que no tiene los recursos para indemnizarlos, pero mucho más le pesa el cariño y el vínculo que han generado mutuamente, cuestión que hace prácticamente imposible cualquier tipo de decisión en esta línea.

Miguel hace 15 años que está trabajando en la PyMe de Roberto. Tanto el rubro de la empresa y el rol que está ocupando no son los que deliberadamente hubiera elegido, pero es lo que le tocó por esas circunstancias de la vida. Al principio se sumó a un lindo proyecto, pero ahora ya cree que perdió toda  motivación. Siente estar gastando los mejores años de su vida, trabajando en algo que no le gusta. Piensa que no puede dejar el trabajo por su necesidad económica.  Le gustaría emprender, tiene algunas ideas para comenzar algunos proyectos, pero tampoco le resulta fácil definirse. El tiempo que le queda del día fuera de la empresa es casi nulo. Es probable, incluso, que esté sintiendo los miedos lógicos que aparecen cuando uno va a tomar este tipo de decisiones: al principio, los pocos clientes que pueda llegar a tener no van a cubrir ni un poco el salario actual, ni siquiera sus necesidades mínimas. Además, sería injusto regalar tantos años de antigüedad.

Recorremos empresas, conversamos con diversidad de personas y equipos: dueños, directores, gerentes, administrativos, operarios. Casi todas tienen casos como estos.

A veces, estas cuestiones pueden durar meses; en otras oportunidades varios años. Incluso en algunos casos nunca las han podido resolver. A nuestro juicio, la causa se debe a que tanto Roberto como Miguel consideran imposible iniciar una conversación.

 

Cuestión de creencias, interpretaciones y emociones.

Cuando una persona considera imposible algo que técnicamente es posible no tenemos dudas que existe una creencia (combinando interpretaciones y emociones) que lo está limitando. Roberto está sintiendo que ES imposible conversar con Miguel. Por su lado Miguel está sintiendo que ES imposible plantear sus ideas a Roberto.

No hay imposibilidad física para que la conversación ocurra, por lo tanto NO ES IMPOSIBLE, sino que la ESTAN VIENDO IMPOSIBLE: aparecen los miedos, prejuicios, dudas, inseguridades, auto exigencias, culpas, excesos de responsabilidades, enojos, cuestionamientos internos a los que explorarlos nos generan emociones que preferimos no enfrentar y continuamos en nuestra actual “incómoda zona de confort”.

Le damos más valor seguir en nuestra incomodidad conocida que imaginar conversar. Entonces, no conversamos excusándonos que ES imposible.  Y las cosas siguen igual.

 

Todo lo que hacemos, lo hacemos para algo

Cada cosa que hacemos, cada cosa que decimos tiene un valor determinado, superior a lo que no elegimos hacer o decir. Si yo no hablo con esa persona que necesitaría hablar, es porque encuentro más valor en no hablar que en hablar. En este caso, podría ser que le encuentro más valor seguir en mi comodidad del “no dialogo” a la “no comodidad y las amenazas” que puedo percibir de proponer una conversación.

¿Para qué no conversan?
¿Qué valor encuentran en no conversar?
¿Qué beneficio tiene decir que es imposible?
¿Qué podría pasar si conversan?
¿Qué están percibiendo como amenaza?
¿Cómo podría ser posible esa conversación?
¿Qué podríamos ofrecer al otro? ¿Qué necesitamos pedir? ¿A que nos podemos comprometer?

 

Conversando bien, se pueden abrir muchísimas posibilidades, alternativas, para ambos. Conversando con apertura y confianza, con la palabra justa y con respeto hacia el otro, la historia puede cambiar. Conversando con empatía y entendiendo también las preocupaciones del otro, nos estamos haciendo líderes de nuestra propia vida. Conversando, dejamos de ser víctimas de “las cosas que son así”, y pasamos a ser protagonistas de nuestra propia construcción. Cuestión de Líderes.

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