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¿Cuanto vale una idea?

Una pregunta que muchos emprendedores se hacen en algún momento de sus vidas. ¿Una idea es buena o mala, o depende de quién la mire?

Por Diego Pasjalidis (@diegopasjalidis) – experto en estrategias e innovación, fundador de inspirativa.com

Imaginen que tienen un vaso con agua ¿Cuál es su valor?: ¿muy poco? ¿Algo? ¿Mucho?… mientras reflexionamos sobre ese ejercicio, probablemente, comenzamos a relativizar el concepto de “valor” en función al entorno o necesidad que satisface ese vaso con agua: no es lo mismo el valor de ese vaso en el medio del desierto, que en este momento sobre su mesa. Y entre estos extremos podemos encontrar una gran gama de posibilidades. Lo mismo ocurre con las ideas.

De la semilla a la planta

Si suponemos que una idea es una semilla, con un potencial para desarrollar algo (un negocio, un concepto, un impacto, etc.), debemos sembrar esa semilla en un terreno fértil para que crezca.

El terreno fértil para cualquier idea, en esta etapa inicial, es aquel que le provee los nutrientes (recursos y capacidades) para que esa idea pueda desarrollarse. En esta etapa de incubación, las ideas son “moldeadas”, es decir, van tomando forma concreta.

Cuando la idea surge de una persona, es como una semilla que surge de una fruta: lleva consigo todo el potencial (y el condicionamiento) para desarrollarse. Es decir, la mayor o menor probabilidad de éxito dependerá casi exclusivamente de quien la haya generado (de un semilla de manzana solo puede esperarse un manzano de características similares)

Pero si sabemos que podemos nutrir esta idea con diferentes insumos, como conocimientos, experiencias, recursos, etc., esta idea verá potenciado su desarrollo, acelerando su crecimiento, reduciendo su posibilidad de fracaso, y permitiendo una mejor calidad de resultados.

Una mala idea puede convertirse en buen negocio, si sabemos crear el marco para ello. Un desafío que suelo comentar en mis cursos es “convertir en buen negocio un mal producto: unas medias que se desintegran en un día”. De allí, los modelos de negocios comienzan a surgir: medias para huéspedes de hoteles, para transeúntes que se mojaron con la lluvia, para pasajeros de avión, para personas que asisten a casas de spa o masajes… etc.

De la planta al árbol

Una idea en desarrollo es como una semilla convertida en planta: aún no produce frutos, requiere mucha atención y cuidado, y a veces requiere de tutores que le permitan crecer de manera erguida. La planta ya comienza a interactuar con el entorno, a desarrollar procesos para adaptarse y subsistir, corriendo el riesgo de que cualquier inclemencia del tiempo o agente externo pueda arruinarla. Aún se encuentra muy expuesta, y no hay nada peor que haber invertido tiempo, recursos, esfuerzos y luego, por un descuido, la planta muera en la etapa de crecimiento.

Una buena idea puede convertirse en mal negocio si es que no supervisamos su crecimiento. Sabemos que debemos comprar, pagar, para luego almacenar y producir, y finalmente vender y cobrar. Todo ese ciclo debe ser meticulosamente seguido de cerca, fundamentalmente cuando los negocios comienzan a crecer: si la planta crece y no supimos regarla ni agregarle los suplementos necesarios, se debilita y muere. Todo tiene su proceso y tiempos.

En esta etapa, las ideas reciben mucho más de lo que dan. De hecho, es común que quienes se encuentren en esta instancia, viendo que su negocio funciona, se pregunten ¿y dónde está el dinero?. Todo se reinvierte para sostener el crecimiento.

Del árbol al fruto

Una vez que una idea permite crear un negocio sólido, es cuando se comienzan a ver los primeros frutos.

El árbol no solo ofrece solidez y seguridad, sino que permite extraer los frutos, para ser consumidos, vendidos y/o para aprovechar sus semillas para crear nuevas plantas.

Es la etapa de desarrollo de mercado, de desarrollo de productos de un emprendimiento.

Así como no se puede esperar de un árbol diferentes frutos, debemos evaluar en esta instancia si seguimos sembrando el mismo tipo de árboles (porque hay demanda para los frutos), si debemos sembrar otras especies (para atender otras necesidades) o si debemos agregar valor a nuestros frutos, para producir bienes o servicios de mayor valor.

Entonces.. ¿Cuánto vale una idea?

Entre nada y mucho. Y el valor estará dado por tres factores: el potencial de la idea, la etapa de gestación en la que está y en manos de qué agricultor se encuentran.

El potencial de la idea es lo que normalmente observamos de una idea: “sirve para…”, “es diferente por…”, “ayudará a…”, y otras tantas oraciones que podemos armar para “vender el concepto”.

La etapa de gestación se refiere a que no es lo mismo vender un concepto o semilla, que vender una planta. En el segundo caso, ya existen evidencias de qué tipo de ejemplar es, cuál es su estado de salud, qué frutos podrá producir… mientras que una semilla posee más interrogantes que certezas.

El agricultor o especialista, es quién puede convertir una mala idea en buen negocio, o una buena idea en un excelente negocio. Es el emprendedor, asesor o empresario que puede encontrar el mejor entorno para ese fruto. Es quién puede convertir un simple vaso con agua en un gran negocio, abriendo un comercio en el desierto.

Existen millones de ideas, como existen millones de semillas. Algunas de ellas logran sembrarse en terreno fértil y recibir el cuidado adecuado para esbozar los primeros resultados. Es una etapa de aprendizaje y ajuste, en donde la habilidad radica en comprender el proceso de crecimiento y los elementos clave para sostenerlo. Finalmente, el árbol: la idea devenida en negocio sostenible.

Del 100% de las ideas solo el 10% se siembran. Del 100% de las que se siembran el 90% muere en los primeros estadios de crecimiento.

Una idea no vale nada per se, pero tiene el potencial de adquirir un valor “infinito” si somos conscientes que debemos desarrollar el proceso adecuado.

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