Skip to content

APLAUDIR ¿ES UN ACTO CULTURAL Y EGOISTA?

Aquellos que hemos tenido la posibilidad de hablar ante una audiencia, escribir artículos o manifestar públicamente nuestra opinión en redes sociales, estamos acostumbrados a que nos aplaudan, nos evalúen, nos feliciten y nos critiquen. Pero ¿cuánto de eso es real? Me atrevo a decir que nada, absolutamente nada es real.

Por Diego Pasjalidis – experto en estrategias e innovación, autor del best seller “Inspiración Extrema”

Pensemos por un momento qué es lo que merece nuestro aplauso cuando una persona termina de actuar o disertar.  ¿A qué y por qué aplaudimos?

Es posible que lo primero que respondamos sea “porque nos gustó” o “como cortesía”. Sea cual fuere el caso, no aplaudimos al otro sino que estamos aplaudiendo a “algo en nosotros”.

Si aplaudimos porque nos gustó, no aplaudimos a la persona o contenido, sino que celebramos el hecho que eso haya sido de interés para nosotros, que haya colmado nuestras expectativas. Es decir, debido a que nos gustó, asombró o sirvió es que aplaudimos.

Entonces, el aplauso no depende del otro, sino de lo que el otro produce en nosotros. Y ese “producto” en nosotros tendrá mayor o menor impacto de acuerdo a nuestro nivel de expectativas, conocimientos, experiencias, etc.

Por otra parte, tenemos el aplauso de cortesía. Más allá de lo que ha dicho un orador o actor, nos vemos (casi) en la obligación de aplaudir al culminar un evento. Sea porque lo hacemos por impulso automático o para no parecer mal educados ante los demás que aplauden, también es algo que hacemos por nosotros: queremos mostrarnos corteses, aunque no haya sido de nuestro agrado. Incluso muchas almas caritativas lo hacen para que el orador no se sienta mal al retirarse en silencio. Pero, nuevamente, esto es un tema que tenemos que analizar hacia adentro.

Sea para no exponernos, para no sentirnos mal por el otro, o para no mostrarnos como desagradecidos aplaudimos, nuevamente, por nosotros.

LA DISPERSIÓN

En una ocasión desarrollé un curso en innovación muy disruptivo. Un curso en donde se exponía a los alumnos a opinar sobre situaciones, mediante el uso de las metáforas, en donde -sin darse cuenta- se estaban criticando a ellos mismos. Al finalizar el ejercicio y compartirles esa “trampa” que los puso en un aprieto, algunos se sintieron sorprendidos, otros se enojaron, y otros se alegraron. Como resultado, fui evaluado como docente con notas de 10 puntos, otras de 7, un par de 4 y alguna de 2 puntos… ¿Qué sucedió?

El mismo docente, el mismo ejercicio, la misma experiencia hizo que todos interpretaran “mi producto” de forma diferente. Algunos se incomodaron, otros lo disfrutaron. Pero la experiencia, la persona y el momento fue el mismo para todos!

De igual forma que ocurre con el aplauso, cuando escribimos, decimos o actuamos de una misma forma ante la sociedad, cada persona con la que interactuamos saca una conclusión diferente, y terminamos por ser agradables, buenos, malos, antipáticos de acuerdo a cada interpretación ¡y todo a la vez! siendo que actuamos de igual manera y al mismo tiempo, para todos.

Más allá del aplauso o la nota, la dispersión es lo que cuenta

Si todos los alumnos evalúan a un docente con una nota muy baja, estamos ante un mal docente. Si todos evalúan con notas altas, el docente es excelente. Lo mismo cuenta para el aplauso o cualquier elemento de evaluación o reconocimiento.

Pero el problema está en la dispersión, ya que esta indica una falta de unicidad en el criterio de evaluación, de percepción y – por ende – de interpretación de la realidad.

Lo que podemos afirmar cuando existe una gran dispersión de opiniones, comentarios, notas, o evaluaciones ante un mismo producto o servicio, brindado de igual forma y en el mismo momento, es que:

  1. la persona, producto o servicio tiene el poder de generar tantas interpretaciones como una obra de arte, y debe ser valorado por su poder de inspiración
  2. el grupo de lectores, público o consumidor que evalúan la situación es muy heterogéneo

Sea por “a” o por “b” notemos que se trata de interpretaciones, y no de la persona, producto o servicio.

Los invito a probar esta teoría con amigos, clientes o parientes. Pidan que los evalúen diferentes personas en diferentes aspectos de su personalidad, y luego evalúen las notas. Si todas son iguales o similares en un aspecto, es que en él no existen desviaciones de interpretación. Si son diferentes, podrán evidenciar si pertenecen al grupo “a” o “b”.

Aplaudir, al igual que cualquier tipo de evaluación o reconocimiento, es un acto egoísta y solo pone en evidencia nuestra satisfacción. En definitiva, aplaudimos al espejo que mejor nos refleja… nos aplaudimos a nosotros, a lo que nos hace sentir mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: